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viernes 27 enero, 2023

Bad Bunny: ¿Joya filosófica o espejismo psicológico?

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Existen mil aristas desde donde observar y analizar este complejo fenómeno llamado ‘Conejo Malo’, y no pretendo ni puedo abordarlas todas, pero me parece que en términos prácticos y generales, conviene observarlo como una corriente filosófica o quizá solo como un síntoma psicótico parecido a una proyección psicológica colectiva, que fluye dentro de un cosmos humano cansado de fingir y ser lo que se debe y no lo que se quiere.

Para nadie es un secreto que el artista apodado “Bad Bunny” es un éxito sin precedentes en la historia de la música internacional. Las plataformas digitales especializadas lo ubican como el artista más escuchado en el mundo por segundo año consecutivo y no es para menos, pues se ha convertido en todo un fenómeno de contagio social que impregna el sistema límbico de chicos y grandes, sin importar el género, raza, cultura o nivel socioeconómico.

Y aunque por supuesto tiene sus detractores, no son más que un puñado de mentes que probablemente han envejecido bajo estrictos estándares culturales y parentales que los obligaron a vivir en el “deber ser”, sin margen de maniobra, y que al mirar cómo sus frutos son cuestionables o no tan satisfactorios, ahora miran con cierto celo y desdén cómo unos cuantos son capaces de desprenderse de ese marco abrumador que impone la familia y la cultura para convertirse en lo que han soñado, sin perturbarse por el ‘qué dirán’ las miradas que se encuentran habitando todo tiempo y espacio allá afuera.

A este fenómeno de Bad Bunny, se le debe observar y enmarcar desde la contra-cultura, a propósito de explicar cómo aunque pareciera toda una corriente popular, comercial y capitalista (que lo es), también es cierto que aparece como un espejismo de una filosofía nihilista que no termina por engranar (paradójicamente) en el sistema desde el cual nace, me refiero al sistema explotador que domina actualmente o quizá convenga verlo solo como un síntoma psicótico de una sociedad cansada y enferma.



En ese sentido (capitalista) pretendo esbozar cómo Bad Bunny aparece como un oasis en medio de una cultura que empujó el empoderamiento individual por años: la cultura del esfuerzo, del individualismo puro, del capitalismo que exige explotarse a sí mismo para alcanzar un éxito fantasmagórico que parece esfumarse cuanto más cerca se le ve, no es casualidad que el cantante latinoamericano emerja de un subcontinente que ha virado política y socialmente (y casi completamente) hacia la izquierda, como síntoma de una comunidad que necesita un Estado proveedor y un padre protector como decía Lakoff, que no me exija más, que me de, una izquierda que no privilegie más el individualismo y el capitalismo que nos mata física y psicológicamente en una carrera estúpida por un éxito que no existe, ahí es donde irrumpe Bad Bunny, capaz de congregar en un solo recinto a miles y miles de personas de todos colores y bolsillos, capaces de desindividualizarse y alcanzar un éxtasis psicológico y social, integrarse nuevamente a un todo, a una masa, donde al ritmo del pegajoso reguetón se invita a dejar de ser, a olvidar el “dasein” del que hablaba Heidegger, a integrarse a esa colectividad anhelada desde hace siglos por los europeos y ahora por los latinos que parecen levantarse al ritmo del perreo contra un capitalismo que oprime y no deja ser o que mas bien obliga a ser.

Por lo anterior hablo y analizo el fenómeno de Bad Bunny como un concepto contra-cultural, pues es menester que se observe como un oasis en medio del desierto psicológico al que nos lleva el capitalismo, porque la individualidad y la competencia es a donde nos lleva, a la soledad en medio de un éxito que a nadie le importa, mientras la colectividad hace un llamado a volver a esa juventud anhelada y cooperativa, donde importa el todo más que el uno.

Bad Bunny es ese ícono contra-cultural que funciona como escape al convencionalismo, y que paradójicamente promueve la originalidad y la desindividualización del ser, que apela al colectivismo del “ello”, es una esperanza o una salida al “dasein” que impone y marca estándares. He ahí su éxito.

Palabras más, palabras menos, Bad Bunny es un síntoma cultural o proyección psicológica colectiva, una joya comercial, sí, que insisto, paradójica e inconscientemente pelea contra el capitalismo sin saberse que es un brazo del mismo, pero que básicamente inspira hacia un reencuentro con el origen, capaz de adaptarse y conectarse con las emociones más básicas del ser humano, mostrando a los más jóvenes lo terrible de crecer y ser adulto en esta sociedad que irrumpe e impone violentamente unos estándares sociales que aprietan, que ahorcan, para entonces promover y proponer la juventud eterna, mientras que a los adultos solo nos recuerda que un día fuimos felices sin tener que encajar y competir ferozmente, y es ahí donde un concepto original como el de este artista emerge como un eterno Peter Pan que nos dice, ser uno mismo mientras se es parte del todo aún es posible.

Toda una corriente ‘contra-cultural’ que va tomando forma, porque desde este enfoque, Bad Bunny emerge más como un enfoque filosófico que musical.

Si, porque aunque a algunos les moleste, pareciera que Bad Bunny es más un filósofo que utiliza la música como herramienta, que un músico que intenta filosofar, es pues quizá solo una ilusión nihilista que nos recuerda lo que no es, lo que no podrá ser, pero que no termina por morir, Bad Bunny es una proyección psicológica colectiva.

Y ya para finalizar, no todo es lo que parece, porque aunque emerge como un síntoma psicológico provocado por el hastío del ser, enmarcado en un capitalismo adulto e individual, lo cierto es que también responde y apela al síndrome de Peter Pan, como ya mencionamos en líneas anteriores, porque en esa vuelta a la juventud original y colectividad anhelada, se esconde un tesoro que el propio capitalismo promueve a escondidas: el consumo desmedido e irracional, bajo la bandera del ‘ser uno mismo’, y es justo ahí donde mientras parece un esperanza que invita a colectivizarse y romper estándares, al mismo tiempo nos impone uno mismo para todo, buscando una hegemonía cultural, y es justo ahí donde el fenómeno Bad Bunny pasa de filosofía a espejismo.

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